jueves, 25 de septiembre de 2008

«EL ENCUENTRO»

Nací, si se puede decir que las máquinas nacemos, en Estados Unidos, en el año 2008. Mi nombre es 2703CCG. Apellidos: Harley Davidson Modelo Road King Classic Modelo 2008. De todas las que nos parieron aquel día hablan como de una Harley Classic 105 Aniversario, ya que hace exactamente ese número de años que se fundó nuestra factoría. Me hubiera gustado ver la luz en el siglo anterior; me suena mejor cuando escucho de otras decir “Esa es una Electra Glide del 66”, por ejemplo, porque resulta demasiado largo escuchar tanta retahíla para referirse a una. Pero nadie elige cuándo empezar a circular. Un buen día te encuentras con las dos ruedas montadas y un tío ilusionado encima que grita: ¡A rodar!

Ya habrá tiempo de hablar de mis tripas, o de mis características técnicas, como dicen los que van de entendidos. Esa es una conversación típica de moteros, en la que cada uno habla de su moto como el que habla del caballo o de la yegua y en la que se exagera o, directamente, se miente con tal de aparentar unos conocimientos cogidos entre alfileres.

Mi piloto, al que llamaremos LRL, para que permanezca en el anonimato, es un tío majo, pero todavía no le conozco bien. Sólo llevo con él un par de meses. Cuidadoso parece, quizás un poco meticuloso, muy limpio, pendiente de los detalles, amante de lo perfecto. Desde que me solicitó a la central –esto funciona como los bancos de semen-, ha vivido ilusionado con el momento del encuentro. Nosotras, las Harleys, nos enteramos de más cosas de las que la gente se cree. Y sé que, cuando le llamaron por teléfono para decirle: ¡Pásese el viernes que viene a recogerla!, dio tal salto de alegría que casi se carga la lámpara del salón. Luego la familia tuvo que soportar sus nervios, sus constantes comentarios, su probarse una y otra vez una chupa nueva de cuero, su ajustarse y desajustarse el casco, y su hablar solo como si hablara conmigo, hasta que por fin me vio y le fui entregada. Recuerdo dos lagrimones que le cayeron por las mejillas y que le dijo al vendedor: ¡Es la primera vez que lloro en mi vida, te lo juro! ¡Tío, ni cuando nacieron mis hijas! Porque LRL es un hombre casado y con hijas (hijos varones no tiene). Pero, repito, ya nos iremos conociendo. Demos tiempo al tiempo.

¿Dónde vivo? Desde el primer día me metieron en una nave amplia y confortable, que comparto con un BMV de segunda mano y una Ducati MotoCross 1000DS. LRL tiene esto bien preparado, con una buena manguera, con cubos, esponjas y demás trastos de limpieza, con herramientas de todo tipo y, lo que más me gusta, una colección de revistas de motos desde el año La Tana. Todo está perfectamente ordenado en unas estanterías metálicas grises, las de toda la vida. Por aquí se acerca todas las tardes, me mira de arriba a abajo, me pasa una gamuza y habla un ratito conmigo, aunque no demos una vuelta. Viene de trabajar, creo que saluda en casa (los primeros días ni eso) y se viene a la nave como un poseso o como alma que lleva el diablo. Acabada la revista, la pasada de gamuza y la conversación, se relaja y ya sigue su vida normal. Antes de abandonar la nave, desde la puerta, me echa una última mirada, que parece que no me verá nunca más, y me hace un gesto de adiós con la mano, como los novios antes de despedirse hasta el día siguiente.

Mi primera ruta en España no fue con LRL –o bajo él-, sino con un empleado del concesionario que se encargó de traerme a España y ponerme en contacto con LRL. Después de las lágrimas que soltó ante el vendedor, LRL tuvo una crisis de ansiedad. ¡No puedo, no puedo! ¡No soy capaz!, decía mirándome y echándose para atrás. ¡Me va a dar algo! Y salió corriendo hacia el servicio del concesionario, donde arrojó el desayuno y hasta la primera papilla. Los ruidos de los esfuerzos se oían por todo el concesionario, donde se hizo un silencio sepulcral ante tan horrorosos estertores. Por fin, más blanco que la leche, apareció LRL, algo más relajado y con una decisión tomada: no sería él quien me llevara por primera vez a la mencionada nave. Ningún problema, amigo, le aseguraron los del concesionario, alguien de la casa se la acercará con sumo gusto hasta su domicilio o hasta donde usted nos indique. En ese momento LRL me acarició por primera vez, pasando su mano por el depósito de la gasolina. Gracias, muchas gracias, les respondió sin quitar sus ojos de mí.

Así que Matías, que así se llamaba el chaval al que encomendaron mi traslado desde la capital hasta el pueblo donde está la nave, se puso el casco, me arrancó y salió a las calles de una urbe llena de coches, de ruido y de humo. Callejeamos más de veinte minutos hasta coger una carretera principal, autovía creo que la llaman. ¡No se te ocurra pasarla de 120, ni caerte, eh!, le había advertido LRL antes de salir. LRL nos seguía en un taxi, pendiente de cada detalle. Aproximadamente en una hora llegamos a nuestro destino. En la puerta de la nave, LRL le dijo a Matías que se bajara, que ya me metía él. Me parece que Matías se volvió en el mismo taxi. Y entonces LRL, conmigo dentro, cerró la puerta de la nave, encendió todas las luces, se sentó en un taburete y estuvo más de tres horas mirándome, como en un éxtasis, hasta que le avisaron para cenar.